4 de noviembre del 2026
Lo que Chile puede lograr con un momento K
Chile debe atreverse a dar una oportunidad para recuperar empleo, construir viviendas y devolver confianza. Un momento keynesiano, aunque suene a anatema, con inversión pública oportuna que movilice recursos privados, permitiría avanzar en esas tres tareas.
La urgencia es evidente. En julio-septiembre el desempleo llegó a 9,8%: 10,5% entre las mujeres y 9,3% entre los hombres. Entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó 24,4%; entre quienes tienen 25 a 34 años, 12,5%. Detrás de estas cifras hay familias que postergan proyectos y una generación que encuentra cerrada la puerta del trabajo. David Bravo ha llamado a esto una "emergencia laboral". Revertirla fortalecería también la convivencia y la estabilidad política.
Hay una experiencia que conviene recordar. En el segundo gobierno del Presidente Sebastián Piñera, la economía creció 4% en 2018, según las cifras publicadas entonces, recuperándose del promedio de 1,8% del segundo gobierno de Michelle Bachelet. Sin embargo, durante el primer semestre de 2019 el crecimiento volvió a situarse bajo 2%.
En junio de ese año se impulsó una agenda de aceleración de inversiones en Obras Públicas y Vivienda por unos US$2.400 millones, ampliada en agosto a cerca de US$3.000 millones para 2019-2020, un 1% del PIB de la época. Se combinaron obras, concesiones y subsidios habitacionales para activar proyectos y empleo. En el tercer trimestre, el crecimiento repuntó a 3,3%. Esa recuperación tuvo varias causas, pero mostró que había capacidad para acelerar la economía antes del quiebre de octubre.
Hoy podemos aplicar esa enseñanza a una prioridad compartida: la vivienda social. Hay familias esperando una casa, trabajadores disponibles y empresas capaces de construir. El Estado puede reunirlos mediante suelo habilitado, urbanización, subsidios y pagos oportunos, con permisos resueltos y proyectos listos para comenzar.
El efecto se extendería a proveedores, transporte, comercio y servicios. Como escenario ilustrativo, si cada peso público atrajera entre $0,50 y $1 de inversión privada, un programa de US$1.000 millones movilizaría entre US$1.500 y US$2.000 millones de inversión total. Con un multiplicador fiscal de 1,2 a 1,5, el impulso al producto sería de US$1.200 a US$1.500 millones. Son mecanismos distintos: sus efectos no deben sumarse automáticamente.
La responsabilidad fiscal daría credibilidad al esfuerzo. La deuda cerró septiembre en 44,7% del PIB, cerca del ancla de 45%. Invertir US$3.700 millones no garantiza conservar la clasificación de riesgo. Un programa temporal, ejecutable y evaluable, permitiría defender cada peso invertido y su financiamiento.
Un momento de impulso puede ofrecer una meta concreta: más hogares con vivienda y más familias con trabajo. El Estado debe dar el primer paso, convocar inversión privada y convertir capacidad ociosa en bienestar, antes que el malestar se haga irreversible. La confianza crece cuando las obras empiezan y las oportunidades se vuelven reales.
Fuente: La Tercera, Página 2.

Médico Cirujano, especialista en Medicina Interna de la U. de Chile. MSc en Epidemiología Clínica por la Universidad McMaster de Canadá. Académico del Departamento de Administración UC. Ministro de Salud en dos períodos (2010-2014 / 2019-2020).