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Columnas

30 Agosto 2020 | Sergio Urzúa | Desigualdad

Miopía, pobreza y desigualdad

El mercado laboral chileno está en la lona.

En 12 meses se han perdido en torno a dos millones de empleos (Centro UC de Encuestas o INE), más de 700 mil trabajadores están suspendidos y la caída en la participación laboral ha sido histórica. El desempleo ya es de dos dígitos, pero puede alcanzar récords si parte de los 7,5 millones de inactivos (31% más que hace un año) sale a buscar dónde trabajar. El foco de la política ha estado en los subsidios del Estado. Deberían amortiguar el aumento en pobreza y desigualdad, pero no nos engañemos. El daño de este terremoto es monumental.  En el mediano y largo plazo, todo indica que los riesgos están en el tsunami transformador que acompaña al sismo laboral. El inmenso shock sobre el trabajo está acelerando una revolución tecnológica de proporciones. La automatización se ha adelantado años, amenazando permanentemente millones de empleos en el planeta.  Y los mercados avivan la cueca.

El valor bursátil de Apple, por ejemplo, llegó a los dos trillones de dólares, aun cuando cuenta con solo 137 mil empleados (menos de la mitad de todo el Gobierno Central de Chile). Y es que, a diferencia del pasado, el crecimiento de las compañías que la llevan, las techcompanies, no requiere una masiva creación de empleos rutinarios. No, la demanda laboral está evolucionando.

Aquí o en la quebrada del ají, las oportunidades ocupacionales emplean crecientemente habilidades más complejas (pensamiento crítico, comunicación, adaptabilidad). ¿Haber aprovechado meses de confinamiento local para al menos dar un barniz virtual de este capital humano a los miles en riesgo de vulnerabilidad? Quizás el futuro sería otro. El drama, sin embargo, es que por años el sistema de capacitación no ha dado el ancho.

Si el modelo de formación para el trabajo en Chile no estaba a la altura de las circunstancias en 2010, el atraso del mismo en 2020 es colosal. ¿No será tiempo de actuar? La pregunta es también relevante frente a lo que ocurre en educación. Un prolongado congelamiento del proceso educativo debería ser un amplificador de la desigualdad.

Lagunas permanentes en el aprendizaje deberían afectar los salarios futuros de los actuales estudiantes. ¿En cuánto? Si cada año de educación aumenta los sueldos, en promedio, 8%, perder 4 meses de formación significaría una reducción de ingresos cercana al 2,5%. Dada la masiva interrupción en colegios y universidades, un cálculo simple indica que solo por este concepto el país podría perder mil millones de dólares cada año.

Y dado que son los estudiantes más vulnerables los más afectados (ver estudio de Mineduc y Banco Mundial), entonces el futuro Gini no tiene otra que aumentar.  Una brutal crisis mantiene a miles de familias en vilo. ¿Dónde estará Chile en 10 meses más? Con algo de suerte, sosteniéndose con el gasto público actual. ¿En 10 años más? Quién sabe.

Por el bienestar futuro del país, para contrarrestar una mayor pobreza y desigualdad, ojalá que la miopía política que ha trabado la inversión de capital humano en el pasado se corrija ya.

Sergio Urzúa
Investigador de CLAPES UC

Fuente: Diario El Mercurio, 30 agosto 2020. Visualizar Columna en Fuente