cerrar flex-next flex-prev icon-excel icon-facebook icon-flickr-gray icon-flickr icon-fullscreen icon-gal-next icon-gal-prev icon-ham icon-instagram icon-less-blue icon-less icon-linkedin icon-lupa icon-mail icon-menu icon-more-blue icon-more icon-reader icon-share icon-twitter play

Columnas

11 Mayo 2020 | Sergio Urzúa | Salud

La Batalla de Maipú

Inmenso carrete. Se estima en 400 los asistentes la semana pasada a la fiesta realizada en la histórica comuna de Maipú. Quizás empapados por la valentía de O’Higgins y San Martín, poco les importó el toque de queda o las posibilidades de infección. Los imagino bailando y abrazándose. Guerreros invencibles, intocables, poniendo el pecho al ataque del enemigo invisible. Irreal optimismo, infantil suposición, tamaño error.

¿Actúa el ser humano siempre de forma racional, lógica y deliberativa? La evidencia es clara en señalar – y los 400 maipucinos son un ejemplo – que no es siempre el caso. Décadas de investigación en psicología y economía demuestran, como lo plantean Kahneman y Tversky en Thinking, Fast and Slow; que muchas veces actuamos en forma automática, inconsciente y emocional. Eso da pie al compartimiento irracional.

Una interesante expresión de tal imperfección de la especie, de esos sesgos cognitivos, es nuestra predisposición al optimismo. Y es que el humano tiene una inclinación natural a distorsionar la realidad, pues cree controlar las cosas que le suceden más allá de lo posible. El centro de tal instinto se alojaría en nuestra propensión a tomar decisiones en función de eventos que ya hemos experimentado, dejando a un lado aquello que podemos oler es relevante, pero desconocemos. De ahí el instintivo exceso de confianza: Mientras menor es el control sobre el resultado de lo que nos pasa, mayor es la percepción irreal de tranquilidad.

Por supuesto, tal sorprendente rasgo humano puede gatillar problemas colectivos. En el 2013, por ejemplo, un estudio demostró que quienes injustificadamente pensaban no se contagiarían de la mortal influenza H1N1 eran también menos probables de tomar medidas de higiene para evitar la enfermedad (Kim y Niederppe, 2013). Eso ayudó a propagar el virus. Una falla individual se transforma en drama social.

¿Cómo contrarrestarla? Todo indica que parte de nuestra irresponsable irracionalidad se ubica en la cantidad de información que poseemos y cómo la procesamos. Con el riesgo de tangencialmente tocar a alguien, lo ilustro así: ¿Alcaldesa con mascarilla y delantal blanco bailando al son de Thriller? El cerebro procesa que la cosa no es para tanto. ¿Qué la curva se está aplanando? Por favor evitar triunfalismo injustificado (otra expresión del sesgo cognitivo humano). Por eso es crítico informar con quirúrgica claridad. Esto recién parte. El contagio continuará. A comportarse de acuerdo a esa realidad.

La historia cuenta que frente al arribo de un herido O’Higgins a los campos de batalla del valle del Maipo ese Abril de 1818, el general San Martín declaró “Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó al campo de batalla en ese estado”. Dos siglos después la cosa cambió. Es el momento de replegarse y para eso toda persona ilustre debe luchar contra un nefasto optimismo interior. El país no olvidará el heroico esfuerzo de reclusión, ni el arrojo de quienes inspiraron tal racional convicción. Ya vendrán fiestas y abrazos, pero antes a ganar la batalla de la responsabilidad en Arica, Santiago, Chonchi o Maipú.

Sergio Urzúa
Investigador Asociado, CLAPES UC