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Columnas

27 Septiembre 2020 | Sergio Urzúa | Constitución

Hackear una Constitución

Chile parece embarcarse en un proceso constitucional con inocencia.

Las aspiraciones en el debate lo demuestran. ¿ Tomar las virtudes del texto germano del 49, sueco del 74, colombiano del 91 o finlandés del 99. El ejercicio no repara que en el 49 apareció la primera memoria computacional, el 74 se creó el primer proveedor de internet, el 91 la red informática mundial se hizo pública y que en el 99 el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, recién dejaba la pubertad. ¿Cómo se elabora una Constitución cuando el debate es influenciado por redes sociales?

Uno podría buscar respuesta en países que redactaron cartas fundamentales hace poco. ¿Desde cuándo? Digamos 2008, cuando apareció la red de la barra brava, Twitter.

De acuerdo al Comparative Constitutions Project, desde entonces 33 naciones abrazaron nuevas constituciones: 16 en África, 9 en Asia, 4 en Europa y 4 en América Latina y el Caribe. Un grupo grande para encontrar referente pensará usted. La comparación, sin embargo, no calza. El PIB per cápita promedio entre los 16 africanos al momento de la nueva Carta era de US$ 3.880, US$ 7.850 entre asiáticos, US$ 12.550 europeos y menos de US$ 10.000 entre los vecinos.  Al comparar con Chile se concluye que el país era tres veces más rico que el promedio de los 33. ¿Mucho que copiar? Claro, si estuviésemos en 1980.

Pero quizás el aprendizaje no esté en el texto final, sino en cómo estos procesos recientes se ajustaron a los Desafíos de alcanzar consensos mientras una amplia mayoría accede a adictivas y polarizadoras redes sociales. Suena posible hasta que se ven los datos. En los 33 países, en promedio solo un 20% de la población tenía acceso a internet al momento de aprobar la Constitución. ¿Y si nos restringimos a los cuatro últimos casos? En una de esas ellos supieron conducir el proceso ajustándose a los nuevos tiempos. Cuba (2019), Burundi (2018), Chad (2018) y Comoras (2018) son los más recientes. El primero no es referente y en los otros menos del 6% de la población tenía acceso a internet. En Chile la cifra supera el 82%, inmensa brecha que limita la comparación. ¿ Y Hungría? De la lista es el más cercano a Chile en PIB per cápita y acceso a internet (68%) al momento Constitución (2011). Sin embargo, no se puede obviar la debacle institucional que ha experimentado desde entonces.

Así que Chile sería pionero. Su eventual proceso constituyente contaría con los parlantes de las redes sociales a todo volumen y con más de dos tercios de la población con el potencial de escucharlos. A esto hay que sumar la estratégica respuesta de quienes operan sus contenidos. Sabemos que ellos tienen la capacidad de silenciosamente manipulamos. También que en el agregado pueden influir plebiscitos y elecciones, ¿por qué no constituciones? A prepararse entonces. Una cosa es tener 155 convencionales trabajando “desconectados” y otra distinta es pedirles consensos “mientras son quirúrgicamente bombardeados con fake news, funas y “cancelaciones”. ¿Cómo blindarlos de esa amenaza? Esto definiría el resultado de un experimento constitucional sin precedentes.

Sergio Urzúa
Investigador de CLAPES UC

Fuente: Diario El Mercurio, Cuerpo A, página 3 del 27 de septiembre 2020. Visualizar Columna en Fuente