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Columnas

29 Mayo 2020 | Arturo Cifuentes | Otros

El Virus nos robó la sonrisa

El día anterior al comienzo de la cuarentena saqué varias cosas de mi oficina y me despedí de Patricio, el conserje del edificio, con un “ojalá nos veamos luego”. Patricio me hizo un comentario que me pareció divertido y le respondí con una sonrisa. Unos segundos después, ya en la calle, entendí la futilidad de mi reacción. Mi sonrisa aprobatoria al comentario de Patricio había sido inútil—yo estaba con mascarilla.

Caminando a mi encierro me topé con una señora que pasea dos perros horribles, siempre a la misma hora. No somos amigos ni nos conocemos formalmente, la verdad, no tengo idea quien es, pero nuestros frecuentes encuentros nos han llevado a reconocernos mutuamente con una sonrisa. Hoy fue distinto.

Nos cruzamos con indiferencia—ella no me reconoció y yo solo la identifiqué por los perros. Una de las cosas trágicas de este virus maldito es que nos ha quitado uno de los placeres más subvalorados hasta ahora: la sonrisa inesperada y generosa del extraño, ese sorpresivo y espontáneo gesto de solidaridad humana, que se hace sin esperar nada a cambio. Hoy solo sonreímos a puertas cerradas frente a personas cercanas. O vía zoom, donde los gestos se vuelven estériles y planos. La sonrisa cómplice, donde uno reconoce al otro como un igual, se acabó.

Por supuesto que las mascarillas tienen algunas ventajas. Nos protegen de las personas con mal aliento. Lo agradecen también aquellos con dentaduras incompletas o amarillentas. Y le quita al burócrata autoritario la posibilidad de sonreír con satisfacción cuando dice “no, no se puede, tiene que traer un poder notarizado”. Pero hechas las sumas y las restas el uso de la mascarilla nos empobreció.

Es triste caminar por una ciudad donde esa forma tan básica de comunicación es imposible. El rostro humano tiene más de 40 músculos; entre 10 y 20 se ocupan en una sonrisa bien estructurada. Considerando lo que se avecina, años—no meses—-de caras cubiertas, uno se pregunta, ¿se nos irán a atrofiar esos músculos? ¿Perderemos la capacidad de poder leer emociones en los rostros ajenos? Mi pesimismo se funda en que las caras cubiertas han sido siempre algo de bandidos, delincuentes y cobardes.

Personajes como El Zorro, Batman, y el Llanero Solitario solo se dan en la ficción. En el mundo real la sonrisa importa, y eso requiere mostrar la cara. La Mona Lisa con mascarilla no habría llegado a ninguna parte.

Arturo Cifuentes
Investigador Asociado, CLAPES UC