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Columnas

08 Noviembre 2020 | Sergio Urzúa | Otros

El jarrón made in USA

La elección en los EE.UU. ha sido infartante. Los márgenes en muchas partes han sido mínimos. En la mañana Biden domina, al mediodía es Trump el que gana, en la tarde los resultados cambian. Así, los comicios demuestran la polarización que caracteriza a la sociedad estadounidense. Quizás un triunfo holgado de Joe Biden podría haber bajado el fuego a la olla a presión, pero eso no ocurrió. De hecho, Donald Trump obtuvo 7 millones de votos más que en 2016 (15% de crecimiento). ¿Qué estamos aprendiendo de la disputada elección?

Partamos por lo obvio: cualquier crisis puede acelerar la polarización. En los EE.UU. la pandemia jugó este rol. Por ejemplo, un sondeo a boca de urna documentó que cerca del 70% de los votantes pro Trump pone a la reconstrucción de la economía por sobre la contención del covid. Un 80% de los pro Biden opta por el orden inverso. El impacto diferenciado de la emergencia sanitaria en zonas rurales (golpeadas por el frenazo económico) y urbanas (con millones de contagiados y miles de muertos) explica parte de la brecha. Lo preocupante, sin embargo, es que a pesar de la oportunidad para unir a un país frente a una crisis sin precedentes, la decisión política de un grupo fue aprovechar el drama para dividir más.

Esta aparente contradicción obliga a reparar en una segunda preocupante lección: un líder hábil no doma la polarización, pero sí puede conducirla y aprovecharla. No hay otra forma de entender el 48% de Los 145 millones de votos que recibió Donald Trump o el mayor número de escaños en la Cámara de Representantes que su partido aseguró. Estrategias electorales diseñadas para cada condado e impulsadas a través de las redes sociales explican el inesperado resultado. Lo ocurrido en Miami lo ilustra. La campaña comunicacional de la sensibilidad latina formada en las dictaduras de izquierda en América Latina para reducir la ventaja del supuesto y comunista” Joe Biden en la ciudad, contribuyendo así al triunfo republicano en Florida.

Y los arrebatos presidenciales que acusan, hasta ahora sin evidencia, de fraude electoral ofrecen la tercera lección: la solidez de una democracia se mide por la fortaleza y transparencia del proceso democrático. A pesar de los ataques del primer mandatario, tanto en estados republicanos como demócratas las instituciones han operado. El conteo de votos avanza de acuerdo a lo planeado, ayudando así a escribir el epílogo de la administración Trump.

Pero, ¿será este realmente el capítulo final? Felipe González decía que los expresidentes son como un jarrón chino: muy lindos, pero nadie sabe dónde colocarlos. En el caso de Donald Trump, el jarrón made in America se ubicará donde pueda polarizar. La tentación demócrata a quebrarlo deberá ser contenida por el liderazgo presidencial, que debe convencer a moros y cristianos de que es solo un incómodo adorno más. Biden tiene el mandato de unir a un país dividido. De no hacerlo, una elección no apta para cardíacos habrá dejado a la democracia estadounidense conectada a un respirador artificial.

Fuente Diario El Mercurio, cuerpo A-3, Domingo 8 noviembre 2020.