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Columnas

Diluyendo el mensaje

La evidencia sugiere que la capacidad de atención del ser humano no va mucho más allá de 30 minutos. Cualquiera que se haya parado frente a un grupo a hablar lo sabe. Es necesario ser precisos y acotados, y sorprender con argumentos cuando se pueda. Es que la ventana de oportunidad para dejar un mensaje es limitada y hay que aprovecharla al máximo.

Partí escuchando el discurso del Presidente Piñera sentado en un café. Sus primeros minutos fueron interesantes y precisos. El Mandatario insistió en la urgencia de reencaminar al país hacia el desarrollo integral; sobre todo, ante las demandas de una población que quiere más y no menos progreso, y de reinstaurar los equilibrios macroeconómicos básicos. El relato, además, era amarrado con dos críticas reiteradas a la administración de la Nueva Mayoría: su paupérrimo desempeño económico y la necesidad de pavimentar la “segunda transición” a partir del diálogo y los acuerdos. La apuesta por hacer leña del árbol caído fue arriesgada, pero mantuvo la atención durante la primera media hora.

Luego vinieron los cinco ejes. Raudamente pagué la cuenta en el café y apuré el tranco para seguirlos en la radio del auto. No hubo mayores novedades. Seguridad, salud, educación, infancia y trabajo fueron parte del programa de gobierno, por lo que correspondía mencionarlos. Reconozco, eso sí, que con los minutos la atención comenzó a caer. Esperé entonces sorpresas. ¿Revertir la gratuidad? Frío. ¿Ser cuidadosos en no expandir las salas cuna sin calidad? Tibio. ¿Transformar el sistema de capacitación? A estas alturas, mucho lugar común. Solo el anuncio de que el impuesto corporativo no bajará despertó mi atención, no tanto por la oportunidad perdida de empujar la competitividad del país, sino por ser la manifestación de dos lomos de toro: cuentas fiscales en peores condiciones de lo que se creía y las dificultades futuras de hacer ajustes necesarios a la billetera del Estado. Podría haber sido una buena señal bajar esa tasa, quizá sea para la próxima. En el intertanto, tendremos que apostar que la simplificación al sistema tributario compense.

Había pasado una hora del inicio del discurso cuando llegué a destino. La TV estaba encendida y me preparé para lo que creí ingenuamente sería el fin del mensaje. Pero, oh sorpresa, de nuevo el desarrollo integral era parte de la agenda. Cuarta vez que se discutía (y quedaban cuatro más), pero ahora era acompañado de un largo inventario de iniciativas en distintos ámbitos. Para no perder la atención, con lápiz en mano, traté de seguir al Presidente con una lista. Anoté: “Ministerio de Ciencia, líneas de metro, puertos y aeropuertos, carreteras físicas y digitales, modernización del Estado, cable submarino, wifi gratuito, observatorio ciudadano, déficit habitacional, cuatro millones de deportistas, dos días de Patrimonio Histórico, zoológico, animales domésticos, envejecimiento de población, cambio climático, revolución tecnológica, impresoras 3D y 4D, realidad virtual,…”. Ya a esas alturas estaba knock out de tanto tema, así que cerré la lista con dos preguntas: “¿Cuánto costará todo esto?” y “¿de qué hablará el Presidente en los tres discursos que le quedan?”.

En los siguientes días, y con más calma, hay que volver a escuchar el discurso de ayer. Vale la pena hacer el esfuerzo de digerirlo en su total cabalidad. Sin embargo, me temo que el mensaje más importante, el inicial, ese de la importancia de alcanzar el desarrollo vía acuerdos y de lo costoso que es distraerse en el camino, se diluyó en una larga lista de propuestas. ¿Podrá la gente separar lo importante de lo accesorio? Habrá que apelar a la ciencia: que la atención de la audiencia haya estado puesta en los primeros 30 minutos del mensaje. De otro modo, la oportunidad se habrá perdido.

Columna publicada en El Mercurio.