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Columnas

Democracias fracasadas

El país se juega mucho el 2020. No se conoce la receta exacta, pero un resultado exitoso requerirá una mezcla virtuosa entre política y economía. De ahí que lo observado hasta ahora inquieta. La temeraria polarización del debate, una clase política que no levanta, el crecimiento que se chanta, violencia que no se detiene. Ojalá Chile este a la altura de las circunstancias.

¿Qué es una democracia consolidada? En su más reciente libro (Crises of Democracy), Adam Przeworski propone una respuesta: aquella que ha visto cambiar el signo de la administración que la gobierna en al menos dos oportunidades sin que la alternancia haya sido resistida por la fuerza. Es, en el fondo, aquella que funciona bajo las reglas de la institucionalidad que la constituye.

En los últimos cien años, muestra el profesor de NYU, solo 88 democracias en todo el planeta han cumplido tal condición. En ellas, políticos de lado y lado consiguen triunfos, pero más importante aún, admiten derrotas y aceptan políticas de forma irrestricta. No se reprime para convencer, no se dialoga para extorsionar, no se concede sin ganar. Por cierto, ese entorno atrae inversión, promueve crecimiento y conduce los ajustes necesarios. El problema es que tal normalidad es más frágil de lo que aparenta: A la fecha, 13 de las 88 han colapsado.

¿Qué gatilla tal derrumbe? Las crisis económicas de corto plazo son importantes, pero no esenciales. En el universo de 88 naciones, ante un debacle puntual del PIB, la probabilidad de que una democracia colapse alcanza el 25%. Mucho más importante, sin embargo, son los períodos largos de bajo crecimiento. Al estudiar los 13 fracasos, los niveles de ingreso per cápita aparecen estancados por años antes del colapso, siendo el retraso marcado entre los más vulnerables (fuente de mayor desigualdad y descontento social). Por el contrario, el progreso continuo ampara. En el último siglo, solo una democracia “consolidada” (Tailandia el 2006) ha colapsado luego de superar el ingreso per cápita de Argentina en 1976. ¿Vendrán otras?.

Crisis políticas (conflictos entre poderes del Estado, acusaciones constitucionales, etc.) también aparecen asociadas al fracaso democrático. Chile en 1973 es un ejemplo, pero hay más. En los hechos, una de cada tres democracias consolidadas que sufrieron crisis políticas se evaporaron. ¿Señales? El libro sugiere al menos tres: la erosión de los partidos políticos tradicionales, un descrédito ciudadano por las instituciones, y la incapacidad del Estado por mantener el orden continuo sin utilizar la represión (¿coincidencia?).

En tiempos de paz y amor, vale la pena la reflexión. La democracia, plantea Przeworski, puede ser entendida como un mecanismo de solución de conflictos políticos. Y como tal, opera bien cuando en las decisiones populares se juegan cosas importantes, pero no necesariamente cuando todo está en juego. Uno puede ser positivo frente al desafío nacional (es mi caso), pero que el optimismo no quite la desconfianza. Una sociedad tan ávida de cambios como consciente de los riesgos es  la mejor defensa de la democracia.