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Columnas

Crimen y castigo (bursátil)

Dos artículos recientes -uno en el Journal of Corporate Finance y otro en el Journal of Financial Economics-tratan un tema hasta ahora ignorado por la literatura académica: las repercusiones que las indiscreciones de los ejecutivos de una empresa tienen en el valor bursátil de la misma.

Que las torpezas cometidas por un ejecutivo puedan afectar el desempeño de una empresa es obvio. Lo novedoso de estos artículos es que se refieren a algo un poco distinto: las indiscreciones cometidas por un ejecutivo en su vida personal, no en relación con sus funciones estrictamente corporativas. Es decir, ejercicios extramaritales frecuentes y vistosos, acusaciones por violencia doméstica, reiteradas violaciones a las leyes del tránsito, actividades relacionadas con drogas, falsificación de credenciales académicas, disputas con los vecinos, etc.

Pues bien, los estudios de Brandon Cline, Ralph Walkling y Adam Yore se basaron en una muestra de 219 indiscreciones personales de varios ejecutivos, ocurridas entre los años 1978 y 2013, y que recibieron cobertura mediática y/o a través de redes sociales. La conclusión es clara y lapidaria: las empresas cuyos ejecutivos cometieron estas faltas, sufrieron una baja en el precio de sus acciones de un 1,6% en promedio, justo después de saberse la noticia. Si la indiscreción fue cometida por el CEO, la pérdida fue más severa: 4,1%.

Más aún, los estudios mencionados descubrieron que las firmas cuyos ejecutivos cayeron en faltas no solo perdieron valor bursátil, sino que además sufrieron otras consecuencias negativas: deterioro en sus alianzas estratégicas, y un aumento en la probabilidad de ser afectadas por demandas judiciales por parte de los inversionistas, o ser objeto de investigaciones por parte de la Securities and Exchange Commission, o el Departamento de Justicia. Esto, por supuesto, debido a irregularidades de carácter corporativo (es decir, no relacionados con la conducta personal de los ejecutivos). La implicancia, en todo caso, es clara: las personas que cometen indiscreciones en su vida personal, inevitablemente terminan tomando malas decisiones para la empresa.

En síntesis, en un mundo que opera con monitoreo 24/7, ninguna actividad relacionada con un ejecutivo es personal, todo afecta a la empresa. Y la evidencia empírica es que contratar a gente “complicada” parece no ser una buena decisión, al menos desde el punto de vista de los accionistas, un factor que los directorios deberían tomar en cuenta.

Columna publicada por El Mercurio