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Columnas

23 Abril 2019 | Sergio Urzúa | Educación

¿Exceso de carga universitaria?

Sergio Urzúa: “… en Chicago, la universidad se vio obligada a terminar con la política de una biblioteca abierta las 24 horas. No hubo duda que la idea generó estrés y ansiedad entre los competitivos estudiantes. Afortunadamente, en Chile estamos lejos de eso. De hecho, todo hace pensar que el problema es el opuesto…”

Hace algunos años, la Universidad de Chicago decidió dejar uno de los niveles de la biblioteca Regenstein abierto 24 horas, los siete días de la semana. Todo para acomodar la demanda estudiantil por extender sus horas de servicio. El ritmo endemoniado y la rigurosidad de uno de los pregrados más competitivos del planeta ameritaba la medida. Y los jóvenes aprovecharon la oferta. Si se estudiaba hasta las 2 am y las clases eran a las 8 am, ¿por qué no pasar la noche durmiendo en uno de los sillones del lugar? Dicho y hecho. Muchos hicieron de la biblioteca su residencia.

Hace pocos días, un grupo de estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Chile realizó una nueva manifestación. Esta vez no fue la gratuidad universitaria (que ya tienen) ni la extensión del mismo beneficio (que seguramente también obtendrán), sino que el reclamo se fundaba en una supuesta excesiva carga académica. “Tengo sueño”, “Unica Tarde Libre = Trabajo en Grupo”, fueron algunos de los mensajes de las pancartas. El tema requiere una seria discusión. ¿Qué puede explicar tal demanda? Existen, al menos, tres posibles razones.

La primera sería una exigencia universitaria que, de un momento a otro, se transformó en inhumana. Esto, por cierto, no podría ser el resultado de un acto fortuito. ¿Quizás aterrizaron en las aulas nuevos e inexperimentados académicos a los que se les pasó la mano en la formación de futuros arquitectos? La inspección del cuerpo académico de la facultad con 170 años de historia sugiere que este no es el caso. Entonces, ¿ quizás hubo un descriteriado cambio en los planes de estudio? Tampoco. La comparación de las mallas curriculares de los últimos años sugiere que la evolución de los cursos, con consulta a los estudiantes incluida, ha “humanizado” el plan de estudios. Por ejemplo, en 2015 había seis cursos el primer semestre (inglés no era uno de ellos). Hoy son cinco (incluido inglés). Así, a pesar de la políticamente correcta respuesta de la misma facultad —¿ quién estaría indiferente ante el estrés y ansiedad de los alumnos?— es poco probable que este fenómeno explique los reclamos.

Una segunda explicación podría ser el cambio cultural que ha experimentado el país durante las últimas décadas. La génesis de este pasa por un principio económico básico: a mayor nivel de ingreso, mayor demanda por tiempo libre. Entonces, claro, no sería la crítica frente a una gran exigencia académica lo que movería a los aspirantes a arquitectos. Para ellos y ellas, consumir más ocio sería lo esencial. ¿Para qué esforzarse más si un piso razonable ya está asegurado? Arriesgada apuesta, pero muy racional.

La última posibilidad tendría un origen aún más complejo: ¿ Y si las quejas estudiantiles tienen una justificación académica, pero no por una mayor exigencia, sino por una menor preparación de los jóvenes? Tibio, tibio. En este caso, el malestar sería el resultado de una combinación que tarde o temprano tendría que explotar. Por una parte, los lentos avances en el aseguramiento de la calidad del sistema escolar en los niveles prebásico, básico y medio (sin base, difícil rendir en la universidad). Por otra, la gran expansión en el acceso a la educación superior que vino acompañada por la relajación de los criterios de admisión (seudo-ranking de notas) e incentivos para que las universidades aumenten los cupos y así tapar los hoyos financieros de un deficiente sistema de financiamiento (gratuidad). Entonces, todo apuntaría a un cuerpo de estudiantes menos preparados para enfrentar lo que hasta hace poco hubiese sido la normal rigurosidad de una carrera exigente en una de las universidades de mayor prestigio del país. De ser así, el reclamo juvenil sería fundado. ¿Pero cómo ayudarlos? ¿ Les damos más o menos tiempo libre para agarrar el ritmo de estudio?

En Chicago, la universidad se vio obligada a terminar con la política de una biblioteca abierta las 24 horas. Se concluyó, con razón, que no era saludable. No hubo duda que la idea generó estrés y ansiedad entre los competitivos estudiantes. Afortunadamente, en Chile estamos lejos de eso. De hecho, todo hace pensar que el problema es el opuesto.

Columna publicada por El Mercurio