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Columnas

24 Noviembre 2019 | Sergio Urzúa | Desarrollo

El elefante en la habitación

Calle La Concepción con Av. Providencia. 1pm del martes. Estudiantes de un liceo femenino cercano se toman la calle. Carabineros, que miraban a distancia, ahora avanzan para despejar la manifestación. De la nada, unos veinteañeros salen a interceptarlos. La salta de insultos es irrepetible. Las estudiantes aplauden y la situación se normaliza: la barricada aparece, el carnaval continua y la congestión aumenta. Los adultos transeúntes miran de reojo evitando interactuar, mientras la policía gana distancia cerca de locales comerciales tapeados con el eslogan “Mata Paco” para evitar peñascazos. La violencia es la nueva normalidad.

Intenso ha sido el frenesí político por pactar una agenda social. Se estima que el costo de la propuesta pre-acordada sobrepasa los U$1500 millones anuales. Los optimistas creen que con esto se termina la crisis. Los más optimistas creen que el inmenso gasto permanente no tendrá mayor impacto sobre el déficit fiscal. Y los más más optimistas creen que la vaguedad entorno a lo que motiva el rápido avance político – ¿respuesta a violencia desenfrenada o demanda social calificada? – no incuba un peligroso virus para un país que se encamina a un proceso constituyente.

Es temprano para evaluar tal táctica, pero se está haciendo tarde para pensar cómo abordar un grave y evidente problema ignorado hoy en el debate nacional. Eso que los gringos llaman “el elefante en la habitación”: la educación de la sociedad. Porque convengamos, una formación que inculque respeto y fraternidad es el ruego del Chile actual.

La violencia y su entorno han demostrado que los errores en este ámbito han sido enormes. La lista es larga, pero piense, por ejemplo, en la gratuidad universitaria. Ante los miles de millones de dólares invertidos, uno esperaría una enérgica demanda de los jóvenes beneficiados exigiendo volver a clases frente a juveniles vándalos que bloquean y destruyen las casas de estudios (asumo que son grupos distintos, pues la alternativa es difícil de tragar). ¿Será que pagar los hacía valorar más lo que significa universidad? Una lástima no haber destinado esos recursos a iniciativas de mayor retorno social.

En los siguientes meses el país definirá un nuevo ordenamiento económico, político y social. ¿Uno para perpetuar el subdesarrollo o dar paso al progreso? Dependerá del actuar de nuestra clase dirigente. Ésta debe evitar la tentación de solo traspasar abultadas cuentas a la siguiente generación (alguien las tendrá que pagar). Y es que más que gastar para calmar, el liderazgo debe estar puesto en invertir para remediar: Formación cívica, batalla contra droga y alcohol, reglas de conductas, respeto a la autoridad, disposición a conversar y aprender a solidarizar. Esos deben ser pilares de una educación de calidad. ¿Cómo hacerlo? Con profesores bien formados y mejor pagados que fuercen la participación familiar y eviten la politización de la enseñanza. Esa es la agenda social con potencial de erradicar los eslogan bestiales, la violencia juvenil, los insultos y agresiones físicas en contra carabineros, e incluso el abuso policial. Así el Chile de hoy ayudará al de mañana. Esa campaña sí que no puede fallar.